El próximo miércoles se consumará por fin el decretazo que venÃamos temiendo desde hace más de un año. La reforma laboral va a ser un hecho y se resume en dos palabras: despidos baratos. Ante la incapacidad, real o fingida, de patronal y sindicatos en llegar a un acuerdo en la Mesa de diálogo social, el Gobierno se encargará, una vez más, de hacer el trabajo sucio de los que de verdad llevan las riendas de nuestra sociedad y a los que los ciudadanos no podemos ni votar ni controlar.
Crónica de una reforma anunciada
Patronal y sindicatos han cumplido su papel en este paripé teatral: han mantenido sus posiciones para que sea el gobierno el que se lleve los “méritos†de esta reforma anunciada. Y ahora los sindicatos amenazan con una huelga general, que todos sabemos que de nada va a servir. Si en lugar de mirar para otro lado en su momento, se hubiese actuado con firmeza ante quienes provocaron la precariedad laboral (que, curiosamente, son los mismos que ahora quieren solucionarlo a base de decretazos) los sindicatos aún tendrÃan apoyo social más allá de sus afiliados.
Los empresarios van a poder despedir a sus trabajadores cuando acumulen seis meses de pérdidas. AsÃ, muchos trabajadores se verán en la calle, con un hipoteca y, posiblemente, otros hijos que mantener. Con un IVA más alto y con una tarifa eléctrica desbocada va a ser muy difÃcil que todos ellos puedan llegar a fin de mes. Se van acumulando factores que van a contribuir a la quiebra de la cohesión de esta sociedad. Y lo que está claro es que esta medida no va a contribuir a sacarnos de la crisis, cuyas causas nada tienen que ver con el mayor o menor coste del despido objetivo.
Es más necesaria una reforma empresarial
Nadie habla de reforma patronal ni de reforma del sistema financiero. A nadie le importa que esos seis meses de pérdidas que le van a costar el empleo a miles de personas se puedan deber a malas prácticas o incapacidad de los empresarios. Nadie penaliza a los malos empresarios y si a los trabajadores, sean buenos o malos. Para muestra, no hay más que analizar las hazañas empresariales del Presidente de la CEOE. La empresa es un feudo del empresario, su cortijo particular. Es cierto que arriesga su dinero (o el dinero que le han prestado los bancos) en sacar adelante un proyecto. Eso nadie lo niega. Pero ¿el trabajador no es también parte de la empresa?¿no se juega su futuro en que la empresa sea un éxito? En nuestro paÃs, la respuesta es que no. Es poco más que un peón de usar y tirar en el fascinante juego de la economÃa neoliberal, en la que siempre son los perdedores.
El neoliberalismo hace que productos y servicios se ofrezcan a nivel global al margen de donde y en que condiciones se generen. Los empresarios dicen que, con los derechos que tienen los trabajadores en Europa, no pueden competir con las economÃas emergentes. Y en lugar de exigir que para que un producto o servicio entre en el circuito económico sea producido bajo unos mÃnimos de igualdad, no tienen empacho en hacer negocios con paÃses que no cumplen los derechos humanos más mÃnimos.
¿Cómo vamos a competir con empresas de esos paÃses?¿Convirtiendo a los trabajadores europeos en esclavos sin derechos como sucede en paÃses como China o India? La respuesta lógica y democrática serÃa dejar fuera del circuito económico a quienes no cumplan unos mÃnimos. Que la sana competencia se base en la innovación y en la calidad y no en ver quien puede explotar más a sus semejantes. Pero esa reforma ni se plantea ni se planteará hasta que no seamos capaces de dar una respuesta coordinada y coherente a los excesos que sufrimos los ciudadanos de una Europa que apostó en su dÃa por un modelo de sociedad igualitaria y que hoy está el grave peligro de desaparición.
Foto: missy & the universe (Flickr)






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